El viaje más rocambolesco de mi vida


Era marzo de 2013. Charo y yo llevábamos saliendo casi seis meses. Ese año habíamos planeado repartir nuestras vacaciones en varias semanas sueltas a lo largo de todo el año. En vez de coger tres o cuatro semanas en agosto habíamos decidido coger una semana al principio de año, otra en verano, y otros siete días hacia finales del año.

El primer viaje del año lo haríamos en marzo, a Madeira. Queríamos salir de España pero que fuese un vuelo no demasiado largo, para poder aprovechar al máximo el tiempo en destino. Estábamos muy ilusionados por poder pasar una semana juntos en un destino que tenía buena pinta, y del que nos habían hablado muy bien.

Madeira es una isla con un clima subtropical, y habíamos visto que tenía playas, zona de montaña, y zonas para salir de marcha, de manera que nos pareció muy variado. A través de Booking habíamos seleccionado un apartamento con vistas al mar y cerca de Funchal, la capital de la isla. Nunca antes había cogido vacaciones en marzo, y la idea de estar de vacaciones mientras todo el mundo estaba trabajando me resultaba apetecible porque en Madeira estaríamos tranquilos y sin saturación de turistas.

Primer escollo

Cuando ya quedaban pocos días antes de iniciar el viaje, se empezó a torcer la cosa. Charo se puso mala. El día antes de volar estaba con 40 grados de fiebre. Se pasó todo el día en la cama. Estaba claro que en esas condiciones no iba a poder viajar.

Pensamos que igual era mejor intentar cancelar el viaje o, al menos, posponerlo para otra fecha. Pero al revisar la reserva vimos que los billetes de avión de los dos, y el precio del apartamento no eran reembolsables.

Porque nos habíamos cogido la tarifa más económica. Por tanto, o viajábamos o perdíamos todo el dinero que nos había costado los billetes y hotel. La verdad es que fue un chasco muy grande. Después de deliberar durante unas cuantas horas llegamos a la conclusión de que igual era lo mejor que yo viajase por delante, porque así por lo menos no perdíamos mis billetes de avión, y manteníamos el hotel. Confiamos en que Charo se recuperase, y que ojalá al día siguiente pudiese viajar.

Iniciando el viaje

Así que eso fue lo que hice. El sábado por la mañana salí de casa a las 6 de la mañana para coger el vuelo. Había que hacer escala en Lisboa y luego coger otro avión por la tarde que me llevaría de Lisboa a Madeira.

A las 10:30 de la mañana aterricé en Lisboa, y me fui a tomar un café mientras llamé a Charo para ver qué tal estaba. Me dijo que se encontraba un poco mejor, y que a ver si al día siguiente estaba en condiciones de viajar.

Me dijo que en España estaba haciendo muy mal tiempo. En Lisboa en ese momento estaba nublado, y en un televisor del bar vi que están poniendo las noticias. En la sección de El Tiempo vi que anunciaban tormentas también para toda la zona de Portugal. Las Azores y Madeira.

Me instalé en una mesa de otra cafetería, y ojeé unas cuantas revistas esperando a que llegase las 15:30, que era cuando tenía que embarcar para el vuelo a Madeira. Durante toda la mañana fui viendo las noticias en la televisión. Sobre las 12 del mediodía anunciaron que en las Islas Canarias estaban cerrando aeropuertos por el mal tiempo. Madeira está relativamente cerca de Canarias, lo que me preocupada mucho en ese momento.

Embarcando

Cuando al final llegó la hora, me acerqué a la puerta de embarque. Me puse a la cola mientras iba escuchando música a través de los auriculares que llevaba. Cuando me tocó, saludé al chico que estaba haciendo el embarque por parte de la compañía.

El tipo a penas me presto atención, mientras hablaba por teléfono con su supervisor. Entré en el “finger” que nos llevó a unas escaleras que bajaban a la pista. Ahí abajo nos esperaba un autobús que nos llevaría al avión que estaba aparcado en medio de la pista.

Conforme subí al autobús me quité la chaqueta. Menos mal que había sido previsor. Ante la previsión de lluvias, me había traído la chaqueta de esquí para ir bien calentito y protegido de la lluvia.

Recuerdo el hombre que estaba sentado enfrente mío. Me miraba con una cara un poco extrañada.  Me fijé que llevaba manga corta y pantalones cortos. “Madre mía, este pobre pringao no se habrá enterado que en Madeira está haciendo temporal”, pensé riéndome por dentro.

Subiendo al avión

El autobús nos dejó en la escalerilla del avión. Era un avión de estos súper grandes, un Airbus A340. Hacía tiempo que no me subía a un avión tan grande. Normalmente mis viajes son dentro de Europa, y con aviones de una fila de 3 asientos a cada lado del pasillo. Este avión era uno de esos que tienen tres filas de tres asientos cada una. “Qué guay”, pensé.

A llegar arriba de la escalera, en la puerta del avión me lancé a saludar a la azafata en portugués. “Boas tardes” le dije con mi mejor sonrisa. Le enseñe el número de asiento de mi billete a la azafata, y ella me indicó que el asiento estaba bajando por el pasillo de la izquierda.

Tenía asiento en ventanilla. Qué guay, pensé nuevamente. El asiento tenía una pantalla de entretenimiento a bordo para ver películas, series, escuchar música. Tenía una consola de estas para que servía para mando a distancia para el monitor, y para poder jugar algún juego en el sistema de entretenimiento. El vuelo era casi de 2 horas, pero por lo menos estaría entretenido, pensé.

Mire a mi alrededor. No éramos mucha gente abordo, había muchos asientos en los que no había nadie. Me fijé que el señor que había tenido enfrente en el autobús estaba sentado justo detrás de mí junto con otro compañero suyo.

Al rato despegamos. Y la verdad es que la sensación de un avión tan grande despegando era una pasada. Se notaba la fuerza bruta de los motores que lo levantaban el avión casi como si fuera una pluma.

Me puse cómodo y empecé a ojear la revista de abordo. Eran las cuatro de la tarde pasadas. Pensé en cómo organizar la tarde. Teníamos reservado un coche de alquiler que tenía que ir a recoger en el aeropuerto. Como teníamos reservado un apartamento con cocina, pensé que a estaría bien ir a comprar algo al supermercado antes de que cerrase. Había leído que en Portugal las tiendas cerraban a las seis o a las siete, mucho antes que en España.

Una conversación surrealista

Al rato de despegar paso la azafata un par de veces. Le pregunté a qué hora aterrizábamos en Madeira.

Yo: Hola, perdona, ¿a qué hora aterrizamos en Funchal? Le pregunté en español

Ella: Si señor, vamosh directosh a Queréqueshh. Me contestó en portuñol.

Querequeshh debía ser el nombre del aeropuerto de Funchal, pensé.

Yo: Queréquesh es el aeropuerto de Funchal, ¿verdad?

Ella: Señor, no famos a Funchal, famos a Queréquesh.

Pensé que debía ser el otro aeropuerto que hay en Madeira. Sería un poco de contratiempo si no llegaba a tiempo al supermercado, pero bueno, bajaría a cenar algo a algún restaurante de la zona.

Yo: “¿Luego habrá autobús desde Queréquesh a Funchal?”

Ella: Funchal eshtá serrado por el temporal, vamosh a Queraqesh.

Esta vez sonó diferente.

Yo: Ehhhm, perdona, Queréquesh a cuánto está de Funchal??

Ella: “Queréquesh no señor; ….. Caracas”.

Yo: Eeeeeh,¿….Caracas?…..

Yo: ¿¿como en Carácas, VENEZUELA?..

Ella: Claro señor..vamosh directosh a Venezuela….

Yo: ….aa-ha…

Mayday, Mayday

Me quedé procesando la información. Por un instante estuvo a punto de cortocircuitar mi cerebro… Entré en fase de Defcon 2, a punto de hiperventilar…

Yo: Eeeh, señorita….perdona….que yo voy a Funchal…

La chica debía estar flipando conmigo…

Ella: Nao, nao, Funchal se ha canselado, vamosh directosh a Venezuela.

No entendía nada.

Cogí el billete y se lo enseñé.

Yo: “Mira, aquí lo pone”, le decía mientras apuntaba el destino impreso en el billete (From: Lisboa, To: Funchal (Madeira).

La chica cogió el billete, y si quedo mirando durante unos segundos. De repente su semblante cambió. Me miró de nuevo y me dijo “enseguida vuelvo señor”.

Desapareció hacia la parte delantera del avión. Yo la seguir con la vista y vi como se puso a hablar con su compañera. Las dos me miraban. Algo me decía que esto no iba bien.

Vi que una de las dos fue a por la sobrecargo, y le enseñaron mi billete. Al rato volvió la azafata con la sobrecargo.

Esta me pregunto: “Señor , ¿Usted se ha subido en Lisboa?”.

“Pues claro”, le contesté.

La sobre carga: “Enseguida vuelvo señor”.

Con todo este ajetreo ya tenía a toda la peña de la sección del avión en la que estaba sentado , pendiente de mí. Los dos qué había detrás de mí estaban flipando.

“Que este se va a Madeira”, le decía uno al otro. “Pues va a flipar con Madeira, decía el otro partiéndose de risa.

“Qué cabrones”, pensé.  “Por eso me miraban tan raro en el autobús. Íbamos camino a Caracas donde por lo visto hacía más de 30°. Por eso el señor iba en manga corta…. ¡Y yo con el plumífero! Vaya tela…

Intentado reaccionar

Intentaba comprender qué era lo que había pasado. Yo estaba seguro que no me había equivocado. El vuelo era el que ponía en el billete. Y estaba claro que el avión tenía que haber hecho escala primero en Funchal. Pero si la escala en Madeira se había anulado, ¿cómo puñetas no me había enterado yo?

Recordaba que en el monitor de la puerta de embarque claramente se indicaba el número del vuelo.

Al rato volvió la sobrecargo. Le notaba que estaba nerviosa. Me pidió que le explicara todo lo que había hecho.

Le conté toda la historia. Y ella se volvió detrás de la cortina del pasillo que habían cerrado para que no les viera conversar entre ellos. Les oi hablar entre ellas agitadamente. Me pareció entender que decían que el comandante había llamado al aeropuerto de Lisboa para dar la voz de alarma.  Ahí iba yo en plan polizonte, de camino a Sudamérica. A un destino 10.000 kilómetros más lejos del deseado, manda narices.

Al rato se volvió a abrir la cortinilla. Y vino la sobrecargo de nuevo a mi sitio. Ya directamente tenía a los dos tíos de la fila detrás en la chepa, poniendo la antena.

La sobre cargo: “Disculpa señor. Ha habido un error. No le teníamos que haber dejado subir al avión. La escala en Funchal se anuló por el temporal”. Yo le pregunté: “Entonces cómo no habéis avisado?”.

Por lo visto yo era el único pasajero con billete a Funchal, y justamente cuando pasé el control en la puerta de embarque el tío qué me tenía que chequear el billete estaba hablando con su supervisor. Este le debía estar diciendo que se asegurara que no se subiera nadie con billete a Funchal. Como el tío estaba despistado con la llamada no se fijaría en lo que ponía en mi billete. Además, era un control visual, sin escanear el código de barra. Y para colmo la azafata que me recibió al entrar al avión tampoco se dejó más que en el número de asiento que le enseñé. ¡Vamos, un fallo de seguridad, pero de los gordos!

¿Y ahora qué?

Yo estaba flipando en colores.

Los dos de detrás ya se habían encargado de cascárselo al resto de pasajeros, y había un revuelo que no veas, de incredulidad y de cachondeo.

Yo no sabía si reir o llorar. La sobrecargo la verdad es que era bastante amable. También más valía eso, después de la metedura de pata de la compañía.

Le pregunté la pregunta del millón; ¿¿Y ahora qué?? ¿¿Entonces qué iba a pasar conmigo??..

Ella me dijo que no me preocupara, que me pusiera cómodo. Que ellos buscaría la solución. Y se fue.

Por un instante se me pasaron miles de cosas por la cabeza.

Pensé en cómo podía entrar en Venezuela, si ni siquiera tenía visado. No sabía casi nada sobre Venezuela. Sólo sabía que estaba el presidente Chaves, y que hay había un régimen militar muy estricto.

Por un momento pasó el miedo por mi cabeza. Nadie sabía que estaba en Venezuela. A ver si estos me dejaban tirado ahí, sin que nadie supiera nada de mí.

Mientras estaba inmerso en mis pensamientos, me fijé que cada vez que pasaba alguien de la tripulación, se paraba a lado mío y me tocaba el hombro, diciéndome con cara de empatía que no me preocupara.

La verdad es que el corazón me iba a mil por hora, porque obviamente yo no iba preparado para nada de esto.

Keep calm &….

Decidí tranquilizarme por un momento, y asumir la realidad. Quedaban ocho horas por delante hasta que llegaríamos a Caracas.  Por otro lado, empezó a surgir la curiosidad. La verdad es que era surrealista todo lo que era pasa estaba pasando. Pensé en la compañía y que esos deberían solucionar la situación. La verdad es que menuda chapuza de compañía, con perdón.

Me puse a ver una peli y intenté distraerme un poco, mientras confiaba en que cerrando los ojos se resolvería el asunto pronto.

Al poco rato pasaron las azafatas a repartir la comida. Ya estaba toda la tripulación al tanto, y debían de haber recibido instrucciones de atenderme o mejor que pudiesen. Me ofrecieron de todo. Que si quería algo más de beber, vino, champán, algo más de snacks.

La verdad es que me empezó a hacer gracia la situación y todo. ¡Menuda historia iba a tener para contar cuando volviera a Europa! Al rato volvió la sobrecargo, y me dijo que iban a intentar meterme en el primer avión de vuelta Lisboa. Les pregunté que cuando salía ese avión porque yo no tenía visado. No tener visado significa que no puedes salir del aeropuerto o pasar el control del pasaporte. Si el vuelo saliese al día siguiente me tenía que buscar un hotel, y para eso necesitaba poder salir del aeropuerto. Aunque, por otro lado, realmente lo peor que podía pasarme era que me echasen del país. Eso era realmente lo que necesitaba….Salir de ahí cuanto antes.

Llamando a casa

Decidí echarme un rato para ver si así pasaban más rápidas las horas. Pensé cómo podía avisar a Charo. Había escuchado que en los aviones modernos ya había sistemas de teléfono de pago. Cogí la revista de abordo y empecé a buscar la información sobre el avión. Descubrí que, según la revista, debía haber un sistema de teléfono vía satélite abordo.

Llamé a la azafata y se lo pregunté. Ella me dijo que no lo sabía pero que lo iba a preguntar. Al rato volvió y me dijo que no había teléfono abordo. Yo le enseñé la revista, diciendo que lo ponía ahí.

La verdad es que la actitud de toda la tripulación fue de colaboración total y me sentí arropado por ellos en todo momento. Fuimos a la galería de servicio a buscar si había un teléfono. Nos cruzamos con la sobrecargo, y me dijo que efectivamente había un teléfono de pago abordo. Les dije que quería llamar a mi chica para avisar, cosa que entendieron perfectamente.

Cuando descubrimos el teléfono las dos dijeron que nunca habían usado ninguno, y que no sabían cómo funcionaba. Menos mal que había un cartel con unas instrucciones gráficas. Había que meter una tarjeta de crédito. Probé con mi Visa. No funcionaba la conexión. Había que esperar a llegar a tierra para intentar llamar por teléfono. Mi gozo en un pozo.

Llegando a destino, ya deseando volver a casa.

Se había hecho ya de noche cuando empezamos a sobrevolar Caracas. La verdad es que sentía curiosidad por aprovechar la ocasión, y por darme una vuelta por la ciudad mientras hacía tiempo para coger el avión que me tenía que traer de vuelta. Conforme se acercaba el momento del aterrizaje, los dos de detrás seguían con su cachondeo; los escuché decir: “¡A ver este, a ver si le gusta Madeira, jajajaja!

Vino la azafata y me dijo que ya habían llamado a los responsables de la compañía en el aeropuerto de Caracas. Ellos se harían cargo de mi viaje de vuelta. Me hablaban de un tal señor Villalobos, quién era el que se iba a ocuparse de mí. ¡Al parecer el avión en el que iba camino a Caracas, esa misma noche volvería a Lisboa! ¡¡Qué alegría!!

Bienvenidos a Queréquesh

Cuando aterrizamos en Caracas y se apagó la señal de abrocharse los cinturones, me levanté a coger la mochila. Los dos de atrás me decían que disfrutara de Madeira…¡qué salaos! Me dijo la sobrecargo que esperara un segundo a que llegara la persona que me tenía que descontar.

Entré en el “finger” y me quedé flipado porque a la salida de avión había un control con militares armados hasta los dientes.

Vino un chico que debía de trabajar en el aeropuerto, y que habló con la tripulación. Le explicaron la situación primero al chico, y luego a uno de los militares que estaba allí en el control. Al militar le dijeron que me dejara pasar porque había sido un error de la compañía había subido a bordo y que obviamente no tenía papeles del visado.

El soldado, al que le faltaba una pierna, se me quedó mirando y dijo “Hombre, las cámaras le van a pillar enseguida. No va a poder salir de la zona de embarque”. Eso quería decir que al salir del finger me tenía que quedar en la puerta de embarque. Era casi la una de la mañana y el avión no salía hasta las seis de la mañana.

El chaval de la compañía me dijo que me sentará en la zona de embarque mientras el resto de la gente marchaba hacia la salida. Me dijo que él iría a buscar mi maleta y que me la traería. Me dijo que no me moviera de allí.

Al ver que iba a tener que esperar durante no sé cuántas horas, le dije que primero iba al baño y que por favor me esperara. Cuando a los dos minutos salí de los baños el muy cabrito ya no estaba.

Llamando a casa, 2ª parte

Me senté en un banco de la terminal, que estaba ya casi desierta. Lógico, porque el mío debía ser el último avión del día, y era casi la una de la madrugada.

Cogí el móvil e intenté contactar con Charo. No tenía cobertura del móvil pero logré engancharme a una red Wi-Fi gratuita. Me entraron unos 10 WhatsApp de Charo preguntando  que porqué no le respondía. La pobre debía estar súper preocupada. Al fin y al cabo se supone que iba camino a Madeira en un vuelo de no más de dos horas. Por aquel entonces habían pasado más de 10 horas desde que despegáramos de Lisboa.

La llamé por WhatsApp pensando la hora que debía ser en España. Sería casi las dos de la mañana en Madrid. Cuando me cogió el teléfono, me pregunto que qué había pasado. Le pregunté que si estaba sentada. Me dijo que no, así que le dije que lo hiciera.

“Estoy en Caracas”, le conté. Recuerdo que ella al principio no lo entendió. De nuevo le dije que estaba en Caracas, Venezuela. Que el avión en el que iba se supone que tenía que parar en Madeira para dejarme a mí mientras luego seguía a Venezuela. Pero que habían anulado mi parada. La verdad es que los dos alucinábamos.

Le dije que estuviera tranquila, y que la compañía me iba a meter en el primer vuelo de vuelta , y que salía en unas cinco horas. Ella ya se encontraba bastante mejor. Y lo mejor era que durmiera más aún para intentar coger el avión al día siguiente. Menudo panorama, estábamos quedando para vernos en el aeropuerto de Lisboa, ella viajando desde Madrid y yo de vuelta desde Caracas. A ver como lográbamos coincidir luego en el mismo vuelo de Lisboa a Funchal, pensé.

Porque esa era la otra. Una vez en Lisboa, ¿cómo iba a llegar a Madeira? Porque claro, billete ya no tenía.

Una espera eterna

Habían pasado otras 2 horas, y el señorito que había ido a buscar mi maleta todavía no había vuelto. Me empecé a mosquear un poco. Del aburrimiento decidí empezar a dar una vuelta fuera de la zona de embarque para ver al menos unas tiendas.

Se me ocurrió hacerme unas fotos delante del cartel de visita Venezuela, para tener una prueba gráfica para cuando volviera a España poder contarles la historia a mis amigos.

Siguieron pasando las horas, ni rastro de el señorito y tampoco del señor Villalobos ese del que me habían hablado. En la zona de embarque además no había nadie porque todavía quedaban más de tres horas para que saliera el vuelo.

Caracas 1 Agenda para el Éxito

A falta de algo más de dos horas para la salida del vuelo, por fin empezó a haber movimiento.  Apareció alguien del personal de la compañía. Me acerque diciendo quien quiera, y que estaba esperando al señor Villalobos. Me dijeron que no me preocupara, y que el señor Villalobos llegaría enseguida. Así fue.

El Salvador

El señor Villalobos era un tipo de unos 50 años. Y gracias a Dios, tenía aspecto de ser un tipo afable. Se presentó y me preguntó que si era yo el pasajero “VIP” de la compañía. ¡Qué simpático! Me dijo que me iban a meter en el avión de vuelta, y que la maleta ya la habían mandado junto con el equipaje del resto del pasaje. Me dio una tarjeta de embarque para que pudiera subirme al avión después. ¡Iba a viajar en primera clase!

Me senté otra vez mientras poco a poco iba llegando los primeros pasajeros del vuelo. El embarque empezó un ahora antes, y a los de 1ª primera clase nos tocó en primer lugar.

Ese embarque fue otra experiencia inolvidable. Acostumbrado a los vuelos europeo me chocó mucho ver que ahí había que pasar un control efectuado por los paramilitares. Como nunca antes había estado en Sudamérica, y sólo la conocía por las películas que veía, me chocó mucho ver a los paramilitares que iban con unos uniformes verdes, su brazalete que ponía “PM” de policía militar, y armados hasta los dientes con ametralladoras.  

A mí desde luego me imponía. Seríamos unas seis o siete personas las que íbamos en primera clase, y a cada uno nos tocó un control individual con un militar. Menos mal que iba el señor Villalobos conmigo que le explicó mi situación al militar que me tocó.

El hombre me revisó la mochila, en busca de sustancias prohibidas que obviamente no llevaba, y seguí hacia la puerta del avión. En la puerta estaba esperando el sobrecargo y una azafata que evidentemente ya estaban informados de quién era yo. Poco más y me hacían una reverencia cuando entré al avión. Me despedí del señor Villalobos, y el sobrecargo me acompañó a mi sitio.

First Class, baby!

Tenía el asiento 1A de primera clase. Me dijo el sobrecargo que me pusiera cómodo, y que para cualquier cosa le llamara. Yo estaba súper emocionado porque claro nunca había viajado en primera clase.

El asiento era de esos que apretabas un botón y se reclinaba todo el respaldo hasta que se hiciera cama.  Tenía un monitor súper grande delante de mi, y una especie de panel lateral en el asiento que me daba toda la privacidad con respecto al asiento de al lado, que luego encima iba vacío.

Decidí que iba a disfrutar de este viaje de vuelta porque ya me vi a salvo jajaja.

La verdad es que estaba ya tan cansado porque llevaba casi 36 horas en vilo. De manera que pasé la mayor parte del vuelo durmiendo. Reconozco que toda la tripulación me trató súper bien, y me sentí reconfortado en todo momento. Me puse hasta el quico de comida y de bebida, aprovechando esta ocasión única. ¡¡Esto sí que era viajar, hombre!!

Así que por fin llegué de nuevo al aeropuerto de Lisboa. Me despedí del sobre cargo y de las azafatas que me habían atendido. Salí del avión y me dirigí hacia la zona de tránsito de la terminal. ¡Qué alegría estar de vuelta en Lisboa!

De vuelta en Lisboa

¡Lisboa ya era como estar en casa jajaja! Y entonces fue cuando surgió el siguiente problema. Tenía que buscar la maleta y luego tenía que ver cómo volaba a Madeira. En el avión me habían dicho que me acercara a cualquier mostrador de la compañía donde ya estaban avisados y me daría una tarjeta de embarque para el próximo vuelo a Madeira.

Decidí irme a buscar una puerta de embarque de algún avión de la misma compañía. Hasta que de repente me encontré con un puesto de control de esos con arco de seguridad.

Para poder pasar necesitaba la tarjeta de embarque, pero obviamente no tenía ninguna tarjeta de embarque válida. Así que llegué al puesto y le dije al primero lo que me había pasado. Que me había subido en un avión a Funchal y que me habían llevado hasta Venezuela, y que venía de vuelta de Venezuela y que ahora tiene que ir a Madeira…

El tipo se giró a contárselo a su compañero que había escuchado la mitad de la historia. “Que dice iba a Funchal pero que lo llevaron a Venezuela”… La verdad es que a cualquiera que lo escuchara le parecería una historia increíble.

¡Cómo sería la expresión de mi cara, porque me miraron sin preguntar nada más me dijeron que pasara!

Al fin encontré un puesto de la compañía y le expliqué al chaval lo que me había pasado. Otra vez la misma historia. La cara del chaval era un poema, pero claro la historia no era para menos. Hizo un par de comprobaciones y me dijo que tenía que salir a por la maleta y luego volver a entrar pasar por un mostrador de la compañía a pedir una tarjeta de embarque nueva. Y volver a entrar por el control de seguridad. Por si no había tenido ya suficiente jaleo.

Viajando a Funchal, 2ª parte

Fui a buscar la maleta. Como había pasado más de una hora desde el embarque del avión, la maleta ya la habían llevado a objetos perdidos. Así que en la oficina de objetos perdidos me tocó otra vez contarle la misma historia a la chica del mostrador. Y a su compañera que también había estado escuchando la historia. La verdad es que todo el mundo a quien le contaba la historia alucinaba. Salí afuera y llamé a Charo.  Ya era el domingo por la tarde. Ella gracias a Dios ya estaba mejor. Y había llamado al hotel para avisarles lo que había pasado.

Me dirigí a mostrador de la compañía y después de explicar toda la historia me dieron pasaje para el primer vuelo a Funchal. Podía elegir entre varios vuelos, y elegí el más próximo.

Y de paso decidí poner una reclamación. Porque claro, después de todo el lío tampoco me parecía bien que había podido pasar un despiste tan grande. Se la puse a la compañía, más que nada para que a nivel interno pudieran revisar los protocolos de seguridad y de control.

Charo pudo coger vuelo por a tarde desde Madrid, y a mí me había tocado un vuelo anterior. Decidimos que lo mejor era que yo viajara por delante para coger el coche, y luego ir a buscarla cuando llegara.

Al final de la tarde llegué a Madeira, 24 horas más tarde de lo previsto, y habiendo viajado y vuelto de Venezuela en un día. Fui a recoger el coche y a dejar los trastos en el apartamento.

Charo llegaba en el vuelo de las 12 de la noche y fui a recogerla. ¡Menuda alegría reencontrarnos! Era como si hubiese pasado una semana. ¡Menuda aventura más rocambolesca! ¡Y todavía tenían que empezar nuestras vacaciones!

Los siguientes días fueron maravillosos, Charo y yo nos lo pasamos genial. Madeira es un destino que os recomiendo absolutamente.

Al final el viaje a Caracas se quedó en una anécdota divertida. A toro pasado, realmente fue lo mejor que me podía haber pasado. Porque habiéndose cerrado el aeropuerto de Madeira y habiéndose anulado el vuelo, tendría que haber buscado un hotel o dormir en el mismo aeropuerto, y esperar hasta el día siguiente para coger posiblemente el mismo vuelo que finalmente cogí.

De esta manera al fin y al cabo tenía alojamiento gratuito, películas y series para aburrir, comida gratis, y encima viajando en primera clase. ¡No hay bien que por mal no venga!

Después de volver a casa, al poco tiempo recibí una carta de la compañía pidiéndome disculpas por lo sucedido. También me dieron un cheque regalo para un vuelo gratuito con la compañía en compensación por las molestias ocasionadas.

Yo entiendo que al final fue un fallo humano y que tampoco me apetece perjudicar a la compañía que se portó conmigo lo mejor que pudieron, por lo que les estoy agradecido.

Me quedo con la historia, que hasta el momento ha sido la aventura más rocambolesca que he vivido. Aunque quién sabe, ¡igual algún día la supero!


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