Como un gato me enseñó la lección más importante de mi vida


Apareció de repente en mi vida.

De pelaje largo, cuyo color era una mezcla entre gris canela y blanco. Y esos ojos azules tan intensos, como el agua de mar en una isla paradisiaca. Encima era tan cariñoso como bonito. Fue muy corto el tiempo que pude disfrutar de su compañía, pero me enseñó una de las lecciones más importantes de mi vida.

Mi chica y yo solemos pasar los domingos en el pueblo, a media hora de donde vivimos. Hay pocas casas y mucha naturaleza, y se respira una tranquilidad mucho mayor que la urbe en la que vivimos.

El verano anterior la gata que rondaba por el barrio había tenido una camada de 5 gatitos. Nacieron entre un montón de madera y chatarra que hay en el jardín, coincidiendo con que nosotros estábamos veraneando ahí con mis suegros.

Cuando terminó el verano, nosotros volvimos a la ciudad, aunque seguíamos yendo al pueblo todos los fines de semana. Nosotros ya teníamos 2 gatos, por lo que desafortunadamente no podíamos llevarnos los gatitos a casa. Pero cada domingo, mi chica les ponía pienso y agua para que por lo menos tuvieran algo de alimentación para la semana.

Aquella tarde soleada de enero, mi chica puso comida en el comedero que les hicimos cerca de las maderas donde nacieron. Sabíamos que los chiquititos solían rondar cerca de ahí, y al poco rato vinieron a comer.

Y ese día vino con ellos otro gato.

Nunca antes había visto a aquel gato, aunque parecía mayorcito por lo que debía llevar tiempo ya viviendo cerca. A mi chica le llamó la atención porque era muy bonito, y tenía algo especial que no llegamos a definir en un primer instante. Tan presto como apareció, volvió a irse entre los arbustos.

Al siguiente domingo volvió a aparecer y se acercó a saludar a mi chica que estaba ahí con mis cuñados y mis suegros. Llamaba la atención lo simpático que era, porque ya se acercaba sin miedo alguno. Normalmente los gatos callejeros son bastante esquivos y desconfiados, y necesitan un tiempo para cogerles confianza a las personas que no conocen. Los chiquititos que nacieron entre las maderas el verano anterior aún después de medio año poniéndoles comida mantenían la distancia, y se escondían cuando nos acercábamos a saludarles.

Sin embargo, este gato se acercó y se puso a restregarse por las piernas de mi chica y de las del resto de la familia. ¡Qué chiquitito tan simpático! Mi chica se lanzó a cogerle y el pequeñín se dejó. Él no mostró miedo ni desconfianza alguno. En los brazos de mi chica, él se tumbó como si fuera un bebé, panza arriba y mirándole a los ojos a ella. Ronroneaba supercontento. ¡Qué maravilla que sintiera tanta confianza sin conocerla!

El gato y la gatita que teníamos ya en casa, los encontramos en la calle y los acogimos en nuestro hogar. Son unos amores, pero aún después de casi 3 años siguen necesitando su espacio, y se dejan coger solo durante un tiempo corto. Enseguida empiezan a revolverse para volver a estar sueltos.

A este gato nuevo le gustaba que le cogiéramos y que le hiciéramos carantoñas, y se ponía muy contento cuando lo hacíamos. Cuando lo soltábamos y lo poníamos en el suelo se quedaba cerca, porque le gustaba la compañía. Se acercaba a todos para saludarles. Mis cuñados y mis suegros son muy cariñosos, pero para los gatos en general no tienen un especial interés.

Pero esta criatura nueva les cayó bien a todos al instante. En un momento dado, estaba mi chica sentada en un murete y el gato se le acercó por detrás y le tocó la oreja con su patita para pedir su atención. Le pilló por sorpresa, pero le sacó una sonrisa a todos los que había alrededor ¡Qué chiquinino más gracioso!

El primer encuentro

La semana siguiente bajé al pueblo con mi chica y la familia.

Ya me habían contado que había un gato muy bonito y muy simpático. A ver si teníamos suerte y lo veíamos de nuevo. Repusimos el cuenco de comida y el del agua que les ponía mi chica a los gatitos. Todavía no había aparecido ninguno por ahí. Mi chica iba llamando “Preciosa” para ver si lo escuchaba la madre de la camada. Los gatos debían de rondar por la zona, de casa en casa, y normalmente siempre andaban cerca. Y al poco tiempo aparecieron. Entró el primero por la valla de setos, asomándose a ver si había comida. Y luego el segundo…Y en poco tiempo aparecieron los demás.

Y al rato apareció el gato nuevo, acompañado de otro. Fue cuando lo vi por primera vez.Era una raza que no era muy común de ver. Unos ojos azules muy llamativos y muy bonitos. Su pelaje de la cabeza para abajo era largo, y alrededor de su cuello formaban una melena que se parecía un poco a la que llevan los leones. Era tan guapo que estábamos convencidos que no podía ser un gato callejero. Seguro que era de alguna vecina, pensamos en un primer instante.

Se lanzaron a comer y a beber, y nos llamó la atención que un gato que suponíamos tenía casa tuviera tanta hambre y tanta sed. ¿Pudiera ser que después de todo estuviera viviendo en la calle?

Mientras comían los gatitos, nosotros estábamos terminando de comer en la terraza que había cerca de las maderas. Mientras recogíamos la mesa, el gatito nuevo se volvió a acercar a saludarnos.

¡Qué cosa más bonita y simpática por favor! Se acercaba a todos los que andábamos por ahí, reclamando atención. Todos estábamos pendientes de él porque era excepcional. Su presencia nos cautivaba a todos. Irradiaba simpatía. Mi chica le cogió para hacerle caricias y él se dejó encantado.

En brazos de mi chica se tumbaba panza arriba para que le acariciáramos la pancita. Yo me acerqué a saludarle también y él me miraba con esos ojitos tan bonitos. Una mirada de confianza y calidez.

Le miramos las uñitas y vimos que los tenía muy largos y con muchos rastros de tierra. Reflexionábamos que un gato que tuviera dueño era raro que tuviera esas uñitas tan largas y descuidados. Llegamos a la conclusión que igual había tenido dueño, pero que actualmente aparentemente no había nadie que lo cuidara. Le saqué un par de fotos, una en brazo de mi chica y otra con la cámara a ras de suelo para intentar captar la intensidad de sus ojos. ¡Qué fotogénico el tío!

Kazuki. El gato que nos enseñó lo que es el amor incondicional

Nos lo llevamos a casa

Era ya finales de enero, todavía pleno invierno y se acercaba un tiempo de frío más intenso. Decidimos llevárnoslo a casa. Nos habíamos traído el trasportín de casa, y cuando se lo pusimos delante para que entrara, se quedó mirándolo extrañado. Probablemente nunca había visto un trasportín.  Se asomó cabeza primero y al llegar al fondo se dio la vuelta para salir de nuevo, mientras le cerrábamos la puertecita del trasportín.

La verdad era algo que no habíamos hablado previamente mi chica y yo. Nos habíamos traído el trasportín de manera “por si acaso”, pero no habíamos cavilado más allá. Fue una decisión espontánea. Estábamos sentados con él, le miramos y él nos miró a nosotros y algo nos dijo que lo correcto era llevárnoslo para casa. Así estábamos un rato más con él, y ya veríamos después. Y así hicimos.

Por el camino a casa fuimos pensando cómo hacer cuando llegáramos a casa. Al ser un gato callejero que no llevaba microchip, y sobre el que no teníamos más información, pensamos que lo prudente era tenerlo separado de Iniko y Nala, nuestros gatitos, hasta que le pudiéramos llevar al veterinario y hacerle las pruebas correspondientes.

Entramos a casa y le llevamos directamente al baño. Ahí le soltamos. Salió del trasportín, y exploró su nuevo sitio. Lo acarició mi chica, dándole la bienvenida a su nuevo hogar. Después le pusimos una manta para que pudiera descansar.

Como el baño es muy pequeño, me salí.  Al salir del baño me encontré con nuestros gatos tumbados delante de la puerta del baño, olisqueando por debajo, intentando divisar qué es lo que sucedía ahí dentro y quién era su nueva compañía.

Los gatos tienen un olfato muy desarrollado y habían percibido la presencia del chiquitito nuevo. Habíamos entrado al gato a oscuras, a propósito, para que no lo viesen directamente ellos. Pensando que son muy territoriales y algo celosos, y que lo mejor era presentarle al nuevo chiquitito poco a poco. Y en cualquier caso, siendo consciente que primero queríamos hacerle las pruebas para saber que podíamos juntarle con ellos.  Ahí se quedaron toda la noche,  los dos haciendo guardia delante de la puerta del baño.

Mi chica mientras tanto le bañó para quitarle la suciedad que tenía de andar por la calle durante quien sabe cuánto tiempo. El chiquinino se dejó, sin protestar. ¡Qué sorpresa! Porque nuestra experiencia con los otros gatos había sido muy diferente. Como sabéis, a los gatos no les mola nada el agua, y si bien al nuestro nuevo gato tampoco le encantaba se dejó lavar mansamente. ¡Qué limpito se había quedado! Le peinó un poquito, y él se dejaba hacer…¡Le encantaba que le peinaran! Mientras tanto cogimos uno de los 2 comederos que había en casa y le pusimos pienso y agua para que comiera lo que necesitara.  Y le hicimos una camita para que pudiera descansar a gusto.

La primera noche le pusimos un arenero con arena, y al poco rato después de hacer sus necesidades se puso a escarbar en la arena. Acostumbrado a hacerlo en el campo, escarbó con tanta fuerza que esparció la arena por todo el baño. Así que al día siguiente le compramos un arenero con las paredes más altas para contener la arena cuando escarbaba, Y se acostumbró en seguida a ajustar la fuerza con la que tenía que escarbar. Ya los días siguientes cada vez más tiraba menos arena fuera.

La verdad es que fue todo muy improvisado, y lo hicimos todo de manera espontánea. Pero sentíamos que era lo que teníamos que hacer. Fue emocionante acogerlo en casa, y nos aportó mucha ilusión. Iniko y Nala son muy buenos y los queremos con locura, pero cada uno va un poco a su bola. Mi chica y yo pensábamos que el gato nuevo podía servirle a cada uno de compañía. Seguro que se llevarían bien con él. Nos imaginábamos ya los 3 jugando juntos por la casa.

Mientras lo dejamos descansar cavilamos qué teníamos que hacer a continuación. Lo primero será llevarlo a veterinario para que lo revisaran. Para saber si estaba sanito y pudiéramos juntarlo con los otros gatos. Si bien en un primer instante no tenía claro que fuera bueno para Iniko y Nala quedárnoslo hasta que no salieran los resultados de los tests positivos, el corazón me decía que no lo podíamos devolver al campo tampoco.

Kazuki. El gato que nos enseñó lo que es el amor incondicional

Los primeros días

Mi chica lo llevó al veterinario al día siguiente.

Ya nos conocen bien, porque los dos gatitos que ya teníamos también fueron adoptados y pasaron ambos por un periodo de curación de las molestias que trajeron al principio de adoptarlos.

Las chicas de la veterinaria se quedaron encantadas también, y hasta preguntaban si nos íbamos a quedar el gato porque si no se lo quedaba alguna de ellas, decían.

En una primera exploración que le hizo la veterinaria, aparentemente estaba todo bien. Tenía lo típico de haber estado en la calle; los oiditos sucios con algo de ácaros y un poco de mal aliento. Así que le dieron antibiótico y un tratamiento para los oídos.

A nosotros nos preocupaba que pudiera tener alguna enfermedad que pudiera transmitir a los otros gatos. Había que tenerlo en cuarentena, separado de Iniko y Nala, durante un mes y luego hacerle los test de inmunodeficiencia y leucemia.

Decidimos hacer el test de inmediato, y de volver a hacérselo al terminar la cuarentena. Eso nos daría al menos una indicación de que el gato pudiera estar sano, y un poco más de probabilidad de que el test definitivo fuera a dar un resultado favorable. Y así fue. El primer test dio negativo y la verdad es que fue una alegría grande para nosotros. Nos ilusionamos pensando que podríamos juntarlo con los chiquititos en cuanto pasara el mes.

En esa visita a la clínica se encontraba a gusto en la sala de exploración. Cuando la veterinaria, después de haberle explorado, volvió a sentarse en su mesa para terminar de escribir el informe en su ordenador, él se fue detrás de ella, se subió a la mesa y se le puso encima a la veterinaria para que la acariciara. Y también ella se quedó cautivada por el cariño que le mostraba el misino.

Pensando en ponerle nombre

Llevábamos días preguntamos de qué raza sería el chiquitito. Nos pusimos a buscar en Google mirando razas exóticas porque estaba claro que no era un gato de raza cualquiera. Su pelaje largo alrededor de su cabeza era muy peculiar y viendo fotos en internet llegamos a la conclusión de que tenía que ser un Sagrado de Birmania o un Bosque de Noruega.  La visita a la clínica veterinaria nos ayudó a determinar que esta era su raza. Bosque de Noruega. ¡Qué suerte tener a un gato tan poco común!

En la clínica veterinaria también nos preguntaron por su nombre, para ponérselo en su ficha. No se lo habíamos puesto todavía porque quisimos conocerle un poco más y buscarle un nombre que le pegara con su personalidad. Porque al ser tan especial queríamos que su nombre fuera especial también. Así que cuando nos preguntó la veterinaria por su nombre para la ficha, como aún no lo teníamos decidido, de manera temporal pusimos “Gatazo” en la ficha.

Al volver a casa estuvimos buscándole nombre. Buscamos nombre que tuviera algún significado que fuera característico para su forma de ser. Era un gato tremendamente amoroso, y teníamos la esperanza de que estuviera sano y lo pudiéramos juntar con Nala e Iniko para que se hicieran compañía entre ellos, y con nosotros.

Miramos primero nombres escandinavos, dado que su raza era Bosque de Noruega. Pero todos los nombres tenían que ver con guerreros y vikingos, y no veíamos relación con su carácter afable y cariñoso. Así que seguimos buscando nombres exóticos en internet. Hicimos una preselección, pero no llegamos a decidirnos por ninguno. Decidimos esperar a pasar la cuarentena para ponerle el nombre de manera definitiva.

Conociendo al nuestro gato nuevo

Desde el instante en que entró en nuestras vidas, nos cautivó. Durante los primeros 10 días lo tuvimos en el baño, y con los gatos pendientes de él al otro lado de la puerta. Intentamos que no se vieran todavía.

Cada vez que entrábamos al baño a verlo, allí estaba. Esperando tumbado encima de su alfombrita. En cuanto se abría la puerta, se levantaba y se ponía a dar vueltas con el rabo levantado, todo contento. Ese carácter tan afable y tan bueno. Esa mirada tan llena de calor y de cariño, era imposible resistirse a quererle.

Siempre venía a buscarte para saludarte, y mientras me movía por el cuarto de baño el se apostaba a mis pies, y ponía su patita encima de mi pantuflo. Era algo que hacía siempre. Sería su manera de saludar, y de decir “hola, aquí estoy”. Me gustaba mucho sentir que el chiquitito estaba ahí, acompañándome. Deseaba que pasara el mes de cuarentena, para que pudiéramos dejarle suelto por casa para que jugara con sus nuevos compis y pudiera estar con nosotros haciendo lo que quisiera.

Después de unos días decidimos pasarle a la habitación pequeña, para que pudiera estar más a gusto, en un espacio un poco más grande y con luz y ventilación natural. Le pusimos el trasportín en el cual le gustaba dormir encima de la cama, cerca de la ventana. Esta estaba acristalada hasta la altura de la cama. También le pusimos una manta de color azul clarito para que pudiera tumbarse encima y mirar hacia fuera si quisiera. Le pusimos la arena y su comida. Para que estuviera más cómodo.

Pasaban los días

Cada vez quedaba menos para pasar el periodo de cuarentena. Lo llevábamos a revisión de los oiditos que poco a poco se iba quedando mejor.

Seguían pasaban los días. Nosotros trabajamos en la ciudad, y mi chica suele llegar por la tarde y yo por la noche.Aquellas semanas fueron tremendamente ajetreadas, tanto a nivel profesional como a nivel personal.  Entre todas las tareas del día a día, siempre intentábamos sacar tiempo para estar con el gatito y hacerle compañía. Por las mañanas al levantarme, y por las noches al volver a casa siempre iba a verle para saludarle y estar con él, aunque solo fuera por 5 minutos.

Pasando tiempo con él

Y siempre cuando iba a ver al gato, ahí estaba esperando todo ilusionado con cada visita. Cuando me sentaba junto a él, enseguida se subía encima de mi regazo para que le pudiera abrazar y hacerle cosquillitas. Le encantaba que le rascara la panza, y cuando lo hacía el tío ronroneaba de contento. ¡Qué rico! Me sentía supercontento cuando estaba con él. Siempre me aportaba mucha energía para seguir el día.

A mi chica le gustaba tumbarse en la cama con él, mientras leía o estudiaba. Ahí se acurrucaba él al lado de ella, compartiendo apuntes y haciéndole compañía.

Terminando la cuarentena

Quedaban cada vez menos días para pasar la cuarentena, y se acercaba el momento en que podíamos repetir los tests para determinar si podíamos juntarlo con los otros gatos, de manera definitiva. Nos habíamos llevado una gran ilusión cuando el resultado del primer test que le hicimos a los 3 días de tenerlo dio negativo. Nos explicó la veterinaria que, aunque era buena señal, deberíamos hacer el test a los 30 días para tener un resultado de más fiabilidad. Cosa que entendíamos perfectamente, pero pensábamos que el primer test diera negativo aumentaba la probabilidad de que el test definitivo también fuera favorable.

Mientras tanto lo llevábamos a la clínica veterinaria para la revisión de los oídos, que iban segregando menos cerumen, pero aún tenían que mejorar. Ya habíamos pasado por ese proceso con Iniko, el primer gato que acogimos hace casi 3 años. Sabíamos que podía tardar unas semanas hasta que el tratamiento hiciera todo su efecto.

El descubrimiento

Un día, mi chica mientras acariciaba al gato le detectó unos bultitos alrededor del cuello, y abajo en la panza. Fuimos de nuevo al veterinario, y nos dijeron que pidiéramos cita con la cirujana que estaba en la otra clínica que tienen en nuestra ciudad. La cirujana nos dio cita para la semana siguiente. Cuando lo levamos, lo examino y nos dijo que tenía los ganglios inflamados, y que podía ser causado por una sobre-estimulación de su sistema defensivo. Al haber vivido en la calle, podía ser algo leve y tratable, pero también cabía la posibilidad de que fuera algo más. Le hicieron una citología para determinar la causa de la inflamación. Ojalá fuera nada serio, nos dijimos.

El resultado del primer test

Las semanas siguientes fueron más intensas aún, en todos los aspectos. Por circunstancias familiares tuvimos que pasar por urgencias y por una hospitalización. En esos días, de repente el chiquitito se puso malito. Empezó con una gastroenteritis. Al segundo día lo llevamos al veterinario, y le pusieron antibiótico. Pero no hizo el efecto deseado. Al día siguiente dejó de comer, y volvimos a llevarlo al veterinario. Aprovechamos para volver a hacerle los test de leucemia e inmunodeficiencia. Por si no lo habéis conocéis; consiste en extraerle una muestra de sangre, y dejar unas gotas en unas tiras similares a aquellas de los test de embarazo. Tienes que esperar 5 minutos para que la muestra reaccione con el producto. Se tiene que colorear de color morado intenso, lo cual indica que está bien, y que el resultado es favorable.

Esos 5 minutos de espera del resultado se volvieron eternos. Inicialmente la veterinaria dijo que el resultado era dudoso. “Dios mío”, pensé con el corazón en un puño… Nos dijo que esperáramos otros 5 minutos a ver si cogía más color la marca de la tira. ¡Menuda alegría nos llevamos cuando después de los 10 minutos nos dijo que daba negativo! Mi chica y yo nos miramos y fue un momento de gran felicidad.  El gato no tenía leucemia, lo cual significaba que podíamos juntarlo con los otros gatos, en cuanto se le pasaba la gastroenteritis.

Algo no cuadraba

No obstante, como seguía con gastroenteritis,  la veterinaria dijo que sería bueno que hiciéramos un análisis de sangre completo para asegurarnos que todos los niveles estaban bien. Volvimos a extraerle una muestra de sangre. A contrario de otros gatos que se ponen muy nerviosos y a los que hay que sujetarlos entre varias personas de las pataletas que dan, él miraba para un lado, quietecito y se dejaba hacer. Mi chica y yo le tranquilizábamos acariciándole, susurrando que estuviera tranquilo y dándole besitos. Mira que es bueno el tío incluso para eso. Ahí estaba; tranquilo, sin protestar y sin moverse. Decían las veterinarias que era un amor, que nunca habían visto un gato que se dejara hacer y que fuera tan buenín. Nos fuimos para casa, a esperar los resultados que llegarían por la tarde.

Sobre las 19h me llamó la veterinaria. Que si podía llevar al gato para hacerle una ecografía…Habían llegado los resultados, y según sus palabras los valores estaban muy alterados. Sentí un escalofrío, pero fui corriendo a por el gato y en 20 minutos estábamos en la clínica.

Con el corazón en un puño

Entre la cirujana y yo sujetamos al gatito, mientras la ecografista pasaba la sonda por la panza del chiquitín. Yo estaba muy nervioso, pero intentaba mostrarme tranquilo delante del gato.  Panza arriba, y yo sujetándole las patitas delanteras para que no se moviera,  él me miraba intentando entender qué pasaba. Nunca olvidaré esa mirada. Me acerqué lo máximo que pude para mirarle a los ojos y le susurraba que estuviera tranquilo. “Eres muy valiente, eres muy bueno, te vas a poner bien pronto” le repetía.

Sentía que él me pedía ayuda y traté de darle todo el confort que pude. Por dentro yo sentía una preocupación cada vez mayor. Me dijo la veterinaria que tenía insuficiencia renal y que lo tenían que ingresar. Al menos para dos días para ver si se recuperaba. “O no!” pensé. Mientras la veterinaria me trajera las autorizaciones que tenía que firmarle para dejarlo ingresado, traté de tranquilizar al chiquitito y de darle ánimos. Se había metido en el trasportín y me acerqué para poder mirarle a los ojos mientras le seguía susurrando palabras de ánimo.  Cuando la veterinaria se lo llevó para la sala de hospitalización, le mandé un beso y le dije que estuviera tranquilo y que lo quería mucho. Hice todo por contener las lágrimas mientras me quedé mirando cómo se lo llevaba.

Os voy a ahorrar los detalles de todo lo que pasó después, porque a mi y a mi chica nos dejó muy marcado. Desde el martes por la tarde que fue cuando lo ingresamos hasta el domingo fuimos a visitarlo todos los días e hicimos todo lo que pudimos por él.

Dejando huella

Por lo visto ya le pasaba algo gordo cuando lo encontramos. Algo que no se manifestaba a simple vista, ni en los análisis específicos que le hicimos. Cuando se le manifestó, fue todo muy rápido. Fueron días muy intensos, y mi chica y yo vivimos con el corazón en un puño. Rezando por él todo el rato, y llorando temiendo el desenlace. No respondía a los tratamientos que le dieron. El domingo por la tarde lo vimos ya tan malito y en un estado que ya parecía irreversible, por lo que tras hablar con la veterinaria tuvimos que tomar la decisión de no dejar sufrir más al pobre animal. Sobre las 9 de la noche, el Señor lo acogió en el cielo.

Desde el primer momento que lo vimos supimos que era especial. Es sorprendente como una criatura tan pequeña, pudo dejar una huella tan grande en tan corto tiempo. A nosotros y a todos con los que se cruzaron en su camino.

Muchos gatos piden. Piden atención, comida o simplemente que juegues con ellos.

Nuestro chiquitito solo sabía dar. Dar su amor, dar su calor y dar su cariño, a todo su alrededor. Sin pedir nada a cambio.

Y todo el mundo con el que se cruzaba se quedaba maravillado con su gran corazón, su simpatía, su energía y su alegría.

Su amor iluminaba a todos los que estábamos a su alrededor.

Seguro que toda su vida había sido así.

Era un corazón con patas.

Pasó todo tan rápido que no nos dio tiempo a ponerle nombre oficialmente.

Pero mi chica y yo, cada uno por separado, en el fondo nos habíamos decantado desde hace semanas:

Kazuki.

Esperanza, en japonés.

Me consuelo pensando que nos eligió a nosotros para acompañarle en sus últimos días.

Hicimos todo lo que pudimos por él y le acompañamos hasta el final.

Lo último que vio era a nosotros sujetándole la patita, acariciándolo, y repitiéndole constantemente lo mucho que le queremos, dándole las gracias por lo mucho que nos había dao, y que descansara en paz.

Kazuki nos enseñó lo que es el amor incondicional.

Si das todo lo que tienes sin esperar nada a cambio, el mundo te devolverá, de alguna manera, pero con creces.

El mundo necesita que todos seamos más como él.

Siempre estarás con nosotros en nuestro corazón y nuestro pensamiento.

Siempre te seguiremos queriendo.

Descansa en paz, querido Kazuki.

El cielo ahora tiene una estrellita más…

Kazuki. El gato que nos enseñó lo que es el amor incondicional


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